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August 24, 2010

Conciencia sin limites - 6/14

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Germán, recostado de espaldas en la cama de su cubículo, tenía entre sus manos su computadora personal: básicamente una pantalla rectangular de cristal líquido de sólo algunos milímetros de espesor.

–Archivo ENTRADA01 –dijo al ordenador.

La computadora reconoció la voz de Germán e inició la búsqueda del archivo solicitado. Del listado de archivos y programas, el seleccionado fue marcado y a continuación aparecieron una serie de parámetros y variables listadas en varias columnas.

–Video cámaras MODULO02.

En un extremo de la pantalla, un pequeño fotograma se amplió hasta ocupar todo el visor de la computadora y a la orden de PLAY comenzó a visualizar el registro de lo filmado por las cámaras exteriores e interiores del módulo de exploración en el cual Mario se acercaba a la estructura anular. En las primeras escenas, detrás de la visera del casco de su traje espacial, Mario miraba seriamente la computadora de a bordo y los controles de mando del módulo. La voz de Mario ligeramente distorsionada por el intercomunicador del traje decía:

–Velocidad ajustada, ángulo ajustado.

Del Cóndor A, Mario esperaba la confirmación de Liemman.

–Velocidad correcta, ángulo correcto –dijo Liemman–. Dame la distancia Mario.

–250 metros jefe.

Una de las cámaras del interior del módulo enfocaba la mano enguantada de Mario que terminaba de activar los sensores electromagnéticos, los escaneadores infrarrojos y los detectores de radiación.

–200 metros –dijo Mario otra vez.

Una cámara ubicada en la parte superior del módulo hizo un barrido del entorno y se detuvo en tres pequeñas sondas que salían de la Cóndor A.

–Los robots-sonda están en camino –había dicho Freire.

Dos de ellos se posicionaron hacia un costado entre la estructura circular y el módulo, mientras que el restante rodeaba el gran acelerador circular y se ubicaba por detrás del mismo.

Cuando el módulo llegaba a 100 metros del centro del círculo, Mario escuchó en su intercomunicador la voz de Liemman:

–Activen los aceleradores de partículas. Mario, mantén la posición con los propulsores listos para salir de ahí en cualquier momento.

Desde una de las secciones de la estructura circular, cientos de núcleos atómicos de hidrógeno eran inyectados en uno de los tubos circulares internos y rápidamente acelerados. En la sección adyacente, un grupo de fotones de alta energía eran inyectados en dirección opuesta por otro de los tubos aceleradores. En un momento, cuando los dos grupos de partículas alcanzaron velocidades próximas a la de la luz, ambos tubos se conectaron y las partículas colisionaron. Entonces, un proceso de creación-aniquilación de materia y antimateria tuvo lugar y cuando las altas energías liberadas se hicieron insostenibles, desde el centro del círculo una onda se extendió hacia la periferia deformando a su paso el fondo de estrellas.

Al otro lado de Júpiter, los tripulantes de la Cóndor B observaban absortos una visión idéntica en el otro acelerador y el capitán Pessoa no pudo reprimir un pensamiento más que conveniente:

–Es como si hubiéramos tirado una gran piedra en el estanque del espacio-tiempo. Ahí va la onda… –decía mientras señalaba el movimiento de la misma que por ese momento ya llegaba al borde del círculo.

Uno de los dos pequeños robots-sonda que estaban a un lado del acelerador comenzó a acercarse lentamente hacia el centro del círculo mientras la video cámara del restante robot, fijo en su posición, lo seguía. En el momento de pasar por el punto de destino, el robot desapareció y simultáneamente Pessoa anunciaba en forma solemne:

–Estimado Liemman, tu pequeño robot acaba de llegar y es el primer artefacto creado por el hombre en hacer un viaje espacial a través del hiperespacio. ¡Lo hemos logrado!

Una serie de exclamaciones de júbilo, silbidos y aplausos saturaron los intercomunicadores de las dos Cóndor. Por unos instantes Liemman se sumó al festejo que hizo durar poco:

–Calma, calma. Veamos como están los sensores del robot –había dicho mientras observaba unos datos suministrados por la computadora principal de la Cóndor A–. ¿Cómo están tus lecturas Pessoa?

–Temperatura normal, radiación normal… ¡Malhão! –gritó Pessoa al ingeniero que estaba al otro lado del puente de mando–, ¿Alguna anomalía?

–Todo en orden –respondió Malhão–. El robot salió de la "puerta hiperespacial" tal cual entró.

–¿Y su reloj interno? –preguntó Mario–. ¿Qué tiempo indica?

–No hubo ningún cambio apreciable entre el momento en que entró a la "puerta espacial" de ustedes y apareció por ésta –respondió Malhão–. El tiempo de entrada es exactamente igual al de salida –completó.

–Entonces es mi turno –señaló Mario reacomodándose en su butaca y verificando las lecturas de los instrumentos.

–Mario, esa acción no corresponde a los procedimientos que habíamos prefijado –dijo Liemman con frialdad–. Aun no estamos autorizados. Recuerda que estás ahí sólo para observar…

–¡Patrañas Jaime! –interrumpió Mario levantando la voz–. Hemos esperado demasiado hasta lograr hacer un hoyo en el espacio-tiempo, no sabemos cuan estable es –continuó– y no sabemos cuando tendremos otra oportunidad.

–Por eso mismo no voy a autorizar esa incursión –dijo Liemman en tono severo–. Haga volver el módulo Freire –le ordenó a Germán.

En ese momento, Mario tecleó rápidamente algunos dígitos en la computadora del módulo y anuló el enlace que le permitía a la computadora de la Cóndor A pilotear el módulo por control remoto. Mario tomó el bastón de mando, dió máxima potencia a los propulsores de plasma y se acercó hacia el centro del círculo a toda velocidad. En el preciso instante en que el módulo atravesaba la estructura anular, una intensa y brillante luz blanco azulada abarcó toda la superficie de la circunferencia.

Del otro lado de Júpiter, Pessoa desesperado decía:

-¿Qué pasa Liemman? El acelerador se apagó… No hay energía…

Liemman no escuchaba a nadie. Veía como se apagaba la intensa luz que instantes antes había bañado toda la cabina de mando desde la pantalla principal. Con esfuerzo, refregándose los ojos y recuperándose del destello, Liemman alcanzó a divisar como el módulo de Mario se alejaba peligrosamente de la Cóndor A.

–¡Mario! –gritó Germán–. ¡Corrige el ángulo! ¡Mario, responde! –insitía.

–Todas las computadoras del módulo se apagaron –decía Elena.

–¿Y los sensores del traje? –preguntó Liemman.

–No registran nada –dijo Elena observando los monitores y buscando en vano los principales signos vitales de Mario.

–Nelson –dijo Liemman mostrándose frente al videocomunicador–, intercepta a Mario con el otro módulo.

Nelson Gerais, el segundo al mando, que desde el comienzo de la misión estaba alistado en el segundo módulo que aún se encontraba en el compartimiento de carga de la Cóndor A, calculó en la computadora las trayectorias de ambos módulos y dijo:

–Es inútil capitán. Lleva mucha velocidad y un ángulo de picada muy alto. No podré alcanzarlo antes de que llegue a la atmósfera –continuó apesumbrado.

En ese momento y mientras las escenas seguían desarrollándose en la computadora portátil, Freire se irguió, salió de su cama y se ubicó en el pequeño escritorio de su compartimiento.

–Computadora, pausa.

La imagen había quedado congelada mostrando el rostro desolado del capitán Liemman. Germán recordó como su capitán, sin pensarlo dos veces, tomó el mando de la Cóndor A, la sacó de órbita y en una peligrosa maniobra que puso en vilo a todo el grupo humano de la nave espacial, logró ponerla a la par del módulo de Mario. Cuando era inminente la llegada a las primeras capas de la atmósfera, Liemman ubicó la Cóndor estratégicamente por debajo del módulo, haciendo las veces de una gran pantalla y cubriéndolo de ese modo de las altas temperaturas debidas al rozamiento. Todos agradecieron que en el momento de diseñar las gemelas Cóndor, a alguien se le hubiera ocurrido equiparlas de unos poderosos brazos que como garras salieron de uno de los costados de la nave y tomaron al módulo. Segundos antes de llegar a los niveles de temperatura que comprometían la integridad de los escudos térmicos de la Cóndor A, Liemman cambió bruscamente la trayectoria hacia el espacio exterior, confiando en que los brazos fueran tan resistentes como sus creadores habían dicho. Ya en una órbita segura, Liemman impasible, como si nada importante hubiera acontecido en los instantes previos, le había dicho:

–Freire, tome el mando. Lleve la Cóndor a la posición inicial. Voy a ver el estado de Mario.

Germán recordó que tardó unos segundos en acatar la orden. La parsimonia, serenitud y eficacia con la cual se había comportado Liemman en la improvisada misión de rescate lo dejó sorprendido. Decían de Liemman que era un excelente piloto, pero hasta ese momento Germán pensó que nunca tendría la oportunidad de verlo en acción, y menos a sabiendas de que Gerais y él mismo eran los pilotos designados. Germán agradeció mentalmente a la providencia que Nelson no hubiera estado disponible para pilotear la Cóndor A y que, por motus propio, Liemman se hiciera cargo de la nave, a pesar de que Germán se encontraba presente en la cabina de mando… Germán tenía sus dudas respecto a las posibilidades que Mario hubiera tenido de volver con vida a la Cóndor A si Liemman hubiera confiado en él para pilotear la nave…

Absorto en sus pensamientos, Germán no se había percatado de que sus dedos estaban presionando ligeramente una zona de la pantalla destinada a presentar una botonera digital: una utilidad de las computadoras que muchos años antes había quedado fuera de uso desde que surgieron los reconocedores de voz. Sin quererlo, Freire había seleccionado la cámara de uno de los robots-sonda. Miró un par de veces la secuencia de imágenes que se presentaba y salió raudamente de la habitación con la computadora bajo el brazo. Había descubierto algo…


Conciencia sin limites, de Claude Martín Brito
Es una historia corta realizada en 1999/2000.

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