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August 28, 2010

Conciencia sin limites - 10/14

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Poco después del reporte que emitieran los capitanes Leimman y Pessoa, la ASE había resuelto que en menos de 24 horas se desmontara parte de las estructuras anulares de los aceleradores. Apenas finalizada esa tarea, ambas Cóndor tenían luz verde para salir cuanto antes de la órbita de Júpiter e iniciar el camino de regreso a Tierra.

Sin el apoyo de Malhão, Germán no había podido convencer a Liemman de sus teorías que obviamente no habían sido expuestas en el reporte. A pesar de ello, Germán seguía analizando las filmaciones y las lecturas registradas tanto por la Cóndor A como por el módulo hasta el instante en que sus computadoras habían dejado de funcionar. Liemman, en completo desacuerdo con esas actividades, había llamado la atención de Germán más de una vez.

–Freire, está malgastando el tiempo.

–Jefe –dijo Germán confianzudamente–, hasta que la Cóndor B no termine de desmontar su acelerador no tengo nada que hacer.

Germán tenía razon, se había dicho Liemman. Por precaución habían decidido realizar las actividades de desactivación de los aceleradores en forma no simultánea. Primero anularían la puerta que se encontraba junto con la Cóndor B y luego le tocaría el turno de trabajar a la nave de Liemman. De ese modo, una de las dos naves estaba presta para realizar actividades de rescate o emergencia. Nadie tenía idea de que tipo de evento podría ocurrir que se tradujese en una emergencia, pero después del apagado sin sentido de una de la puertas, de la explosión de energía en la otra y del actual estado comatoso de Mario, un factor de duda estaba ahora latente y no se podía descartar fácilmente que esa intensa liberación de energía volviese a suceder y con una intensidad tal que pusiera en riesgo las Cóndor y sus tripulantes.

Liemman dejó a Germán inmerso en las pantallas y se dirigió hacia el compartimiento médico. Una vez allí, la escena lo desconsoló una vez mas. En el centro del compartimiento se encontraba Mario inmerso dentro de un tubo de proporciones generosas, completamente lleno de un líquido bastante parecido al agua, aunque un poco más denso. Alrededor una incontable cantidad de sensores, pantallas de computadoras e instrumentos médicos cuya utilidad Liemman no entendía, registraban y escaneaban cada porción del cuerpo inmóvil de Mario. En un costado, Elena sentada frente a otros tantos instrumentos, tenía sus codos apoyados sobre una porción libre de la mesa y se tomaba la cabeza entre las manos.

–Tómese un descanso ingeniera Riviera –le dijo Liemman.

Elena se incorporó lentamente y se percató que por primera vez el capitán no se dirigía hacia ella como una simple doctora. Su título de ingeniera en ciencias vitales valía mucho más que eso y ni las diferencias que ambos pudieran tener o el grado militar de Liemman eran justificación suficiente para que ella fuera menospreciada.

–Lamento haberle faltado el respeto Elena –se expresó Liemman con zozobra–. Ni usted, ni ninguno de sus colegas tienen la culpa de mi pérdida.

Elena era una mujer fuerte, pero se sintió desfallecer cuando comprendió la pena de su capitán. No era natural que un hijo se adelantara en la muerte a sus padres y Liemman había perdido su único hijo. Había fallecido hacía ya muchos años, pero su rencor hacia los médicos de antaño en los que depositó la vida de su hijo, no mermaba con el paso del tiempo. Elena no supo que decir y se limitó a guardar un respetuoso silencio.

El capitán no pudo evitar entremezclar algunas imágenes del pasado con los recientes hechos que llevaron a Mario a debatirse entre la vida y la muerte.

–Digame, Elena. ¿Alguna mejoría? –dijo Liemman dirigiendo la mirada hacia el cuerpo sumergido de Mario.

–Por ahora sus principales funciones y sistemas están estabilizados, pero debe ser asistido por los equipos. –Elena hizo una pausa–. Aún no se repone del coma.

–¿Que piensa Elena? ¿Se salvará?

–¿Quiere un diagnóstico o mi opinión personal?

–Ambas –respondió secamente Liemman.

–Cuando el módulo fue sometido a esa descarga de energía, todos los sistemas de supervivencia se apagaron junto con los controladores de temperatura y suministro de oxígeno del traje de Mario. Pasaron tres o cuatro minutos hasta que rescatamos el módulo, la temperatura del cuerpo de Mario bajó demasiado y sufrió una hipotermia extrema que se complicó por la inhalación de aire enrarecido. Estoy segura que esto causó el coma, pero no puedo decirle cuando despertará. –Elena bajó la mirada, luego miró a Mario, después a su interlocutor y continuó–. Puede que despierte dentro de una hora, un mes o nunca, y si lo hace, tal vez sea con serias lesiones cerebrales.

–Y que hay acerca de esos picos de actividad cerebral que me describió antes.

–Por breves lapsos de tiempo el cerebro de Mario funciona normalmente, pero sin embargo su cuerpo no reacciona a estímulos externos, no posee respiración espontánea, como así tampoco actividad muscular alguna. Aún no he podido encontrar un patrón lógico que me permita describir este comportamiento errático del sistema nervioso… –Elena se detuvo y especuló–. Es como si en esos momentos su cerebro estuviera desacoplado del resto del cuerpo.

Un electroencefalógrafo digital que registraba constantemente las ondas cerebrales de Mario, y que por esos momentos mostraba una serie de líneas paralelas casi llanas con algunos imperceptibles picos aislados, captó la atención de Liemman. Éste estaba a punto de preguntarle a Elena cuando había sido la última vez que el cerebro de Mario había dado señales de actividad consciente, cuando una alarma comenzó a sonar desde uno de los aparatos del cual partían varios cables transparentes que se conectaban con otros tantos electrodos adheridos al cuero cabelludo de la cabeza de Mario.

–Ahí capitán, –le indicó Elena a Jaime señalando uno de los monitores que visualizaba una gráfica normal del electroencefalograma–. ¿Lo ve? La amplitud y frecuencia de esas ondas y picos no se diferencian de las que relevaría de su cerebro o del mío –explicó Elena–. Es mas, esa curva corresponde a las ondas delta que se manifiestan durante el sueño y sin embargo no hay movimiento ocular.

Buscando una señal de vida o un posible despertar, Liemman desvió su mirada hacia el cuerpo inmóvil e inmutable de Mario, pese a la evidente actividad cerebral registrada. Repentinamente, la alarma dejó de sonar y de nuevo el electroencefalograma de Mario se volvió casi plano haciendo evidente la ausencia de actividad electrocerebral.

La voz de Nelson que se anunciaba en los pequeños parlantes distribuídos en todos los compartimentos de la nave, los sobresaltó tanto como la reciente alarma.

–Capitán, lo necesitamos en la cabina de mando. Algo esta ocurriendo en la puerta espacial –agregó.


Conciencia sin limites, de Claude Martín Brito
Es una historia corta realizada en 1999/2000.

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